Mons. Juan Aberto Puiggari

Obispo de Paraná

Mirando retrospectivamente mis años de formación y de sacerdocio, no puedo dejar de reconocer que casi no encuentro aspecto de mi vida que no haya sido marcado profundamente por la docencia del Padre Luis María Etcheverry Boneo, y aún más por su ejemplaridad. Y no sólo en lo que pobremente soy, sino en el ideal que quisiera llegar a ser como sacerdote, con la gracia de Dios.

 

Sería seguramente repetitivo señalar la importancia que tuvo para todos los que disfrutamos la gracia de tenerlo cerca… Sería reiterativo señalar lo que aprendíamos con sólo verlo rezar, celebrar la Santa Misa, con sus frecuentes visitas al Santísimo, con su tierna y viril devoción a la Santísima Virgen.

 

Limitándome a señalar algunos aspectos que dejaron en mí una impronta imborrable que me definió y orientó, me refiero, en primer lugar a la exigencia de vivir de una manera natural lo sobrenatural y esto por la gran vigencia que tenían en su vida las virtudes teologales: la Fe, que en él era capaz de mover montañas; la Esperanza, fundamento de su confianza sin límites, de su optimismo, de su alegría, de su seguridad; y la Caridad, que en él era caldera de su entrega total, hasta gastar día tras día su vida por la gloria de Dios y la salvación de los hombres, haciendo realidad aquello de San Pablo: Impendam et superimpendam.

 

Él nos insistía permanentemente a elevarnos sobre lo sensible para encontrarnos y vivir la “realidad auténtica”, que no era otra cosa que la Trinidad Santísima, la Persona de Jesucristo, su Iglesia, su Madre, sus santos, la vida de la Gracia, la espiritualidad cristiana… La clave para vivir todo esto con una gran connaturalidad estaba en lo que él nos enseñaba, pero ante todo vivía, y era la profunda vida de oración…

 

En segundo lugar, estaba su insistencia para vivir la magnanimidad, en una época caracterizada por una gran chatura y una enorme pusilanimidad. Se nos exigía grandeza, no referida a grandes logros mesurados con criterios humanos, sino ponderados con los ojos de Dios, a la luz de la eternidad… Grandeza, para concebir, para realizar, para emprender, abierta a grandes iniciativas en el campo pastoral, nunca satisfecho, siempre buscando “el más” y “el cómo” mejor servir a Jesucristo y a la Iglesia. Grandeza, que para él se identificaba con la búsqueda seria y responsable de la santidad…

 

En tercer lugar, señalaría cómo el Padre me inculcó un profundo sentido de lo sagrado. Y aquí sí, mucho más con su ejemplo: verdaderamente se transformaba cuando celebraba la Santa Misa –imposible olvidar su actitud, sus gestos-, estaba sumergido en el “misterio” porque estaba personificando a Cristo actualizando el Misterio Pascual… Nada lo perturbaba, el tiempo parecía detenerse…

 

Por último, quisiera recalcar cómo me fue inculcando un profundo amor a la Iglesia, nos hacía sentir con Ella, repitiendo muchas veces lo de San Ignacio: “tener ánimo pronto para obedecer en todo a la verdadera esposa de Cristo Nuestro Señor, que es Nuestra Santa Madre Iglesia Jerárquica…” El Padre me trasmitió su “pasión por la Iglesia”. Nos hacía vibrar con sus triunfos y alegrías, sufrir con sus dificultades y problemas.

 

Con el amor a la Iglesia el Padre me trasmitió el amor y la obediencia filial al Santo Padre, a su Magisterio, la sumisión al Obispo; fueron enseñanzas grabadas a fuego que han marcado mi vida sacerdotal y le han dado seguridad para “no correr en vano”.

 

Entre otras muchas cosas que habría que destacar sólo señalé algunos aspectos en los que veo cada vez más su marca de maestro, de personalidad vigorosa que encarnó, de modo egregio, los valores más altos y que se me presentó en mi juventud como modelo ejemplar de sacerdote que vive con intensidad, entusiasmo y entrega sin par su sacerdocio santo y fecundo.