Pensamientos del Padre Etcheverry
Adviento
El año litúrgico
“Lo esencial en la liturgia es la relación profunda con Jesucristo, es buscar que el corazón realmente se abra para que Jesús entre con su vida, con su luz, con su calor, con su fuerza.
¡Vivamos muy de adentro lo que el poder sacramental de la Iglesia, a través de todo el conjunto de ceremonias del año litúrgico, nos dice y nos da constantemente!
La Iglesia pretende en el año litúrgico ponernos frente a Jesucristo que revive toda su vida y, con todo un conjunto de signos exteriores, lleva hacia el interior al hombre para darle en cada momento la actitud más conveniente para que Jesús pueda ir trabajando intensamente en cada alma. Así, Jesucristo mismo va haciendo dentro de nosotros su imagen” (Noviembre, 1970).
“La Iglesia quiere que nuestra vida esté insertada en una especie de espiral que nos va circundando y elevando; espiral que en cada una de sus vueltas emplea un año y que cada año nos vuelve a poner frente a los misterios de la vida de Jesucristo para que, a medida que vayamos creciendo, con la nueva estatura que debemos ir adquiriendo, con las nuevas características, con los problemas, con los pros y con los contras de cada una de nuestras edades, volvamos a reencontrarnos con los misterios de Jesús y obtengamos aquellos beneficios particulares de cada misterio que convienen al propio momento de mi vida” (Diciembre, 1970).
“Ratifiquemos nuestro deseo de vivir una vida interior que no nos va a aislar, al contrario, nos va a dar fuerza para ir con una enorme compasión a todos los hombres. Dejemos trabajar a Jesucristo dentro de nosotros y así recorramos todo el año litúrgico, todo ese conjunto de virtualidades maravillosas de los misterios de la vida de Jesús, y así Él, más y más, se va a ir adueñando de nosotros y de nuestra vida para que lleguemos a cumplir nuestra misión, que es la de dar la propia versión personal de Jesucristo” (Noviembre, 1970).
El tiempo de Adviento
"Toda la espera de la venida de Jesucristo es suave, está basada en la fe, en una gran esperanza, en un amor que tiene que ir creciendo más y más” (Diciembre, 1968).
“El evangelio del último domingo del año litúrgico y el evangelio del primer domingo de Adviento, -comienzo del año litúrgico- son sobre el fin del mundo. La Iglesia nos pone esos evangelios para recordarnos al fin de un año y al comienzo de otro qué es lo que importa. Al fin de un año para ‘hacer cuentas’ y al comienzo del otro año para prever y proyectar respecto del futuro, sobre cómo nos hemos y cómo nos vamos a relacionar con Jesucristo” (Diciembre, 1967).
“En el Adviento se nos presenta a Jesucristo que hace el enorme salto de pasar de la divinidad a la humanidad, del poder y de la gloria a la sencillez, a la humildad más grande, a la pequeñez. El Adviento nos presenta a Jesucristo que viene a salvarnos, a sacarnos de donde nos ha sumido el pecado original y a cada uno de nosotros nuestro propio pecado… Nos vuelve a poner la venida de Jesús delante para que veamos si queremos o no recibirlo, si queremos recibirlo con tacañería o con generosidad, si queremos recibirlo sobre todo con humildad y con rectitud… Nos pregunta si queremos recibirlo bien a Jesús que viene manso, humilde, chiquito, hecho como uno de nosotros y más chiquito que nosotros, que viene a salvarnos y a enseñarnos, con su palabra y con su ejemplo, cómo tenemos que caminar por la tierra para ir al Cielo” (Noviembre, 1966).
“Pongámonos en una actitud interior de búsqueda de Dios, de búsqueda de lo que Dios quiere para nuestro pensar, querer, sentir y para nuestro obrar. Y hagámoslo con la ayuda de la Virgen que fue quien mejor esperó en el primer Adviento la venida de Jesucristo” (Diciembre, 1967).
“El acento va a estar en la humilde expectación esperanzada de la venida de Jesús y en una gran rectitud, en un gran deseo de que cuando venga Jesucristo aceptemos lo que Él nos enseñe, lo que Él nos indique... Y nos va a poner permanentemente delante a la Santísima Virgen y a san Juan Bautista como ejemplos y como intercesores para que aspiremos constantemente a la venida de Jesús” (Noviembre, 1966).
“Atendamos a la liturgia de cada domingo y de cada día, sobre todo con la celebración y los textos de las misas. Renovemos cada día en la oración, en nuestro examen de conciencia, esa disposición interior de humilde esperanza, de amor, de rectitud, y cuando venga Jesucristo sacramentalmente el día de Navidad va a nacer con una fuerza muy especial dentro de nosotros y eso va a tener una enorme trascendencia en nuestra vida terrena y en nuestra eternidad” (Noviembre, 1966).
San Juan Bautista nos indica qué tenemos que hacer.
“Lo primero que él hacía era llamar a los hombres, era sacarlos de la intensidad de sus actividades cotidianas, de sus negocios, preocupaciones, de sus asuntos personales y familiares para así volverse hacia dentro de sí mismos y empezar un proceso de reforma interior, necesario para encontrarlo a Jesús. Entonces, con esta primera indicación clara, sepamos ir haciendo dentro de nosotros un poco de desierto, un poco de soledad, y si no puede ser tan prolongada que tenga por lo menos una prolongación sustancial, no que sea intelectual porque, a esta altura del año, estamos cansados pero sí que sea un momento de recogimiento y silencio, de separación de todas las cosas de afuera para abrir el alma a Dios".
San Juan nos habla de enderezar los senderos. "Yo soy la voz que clama en el desierto: preparad los caminos del Señor, enderezad sus sendas”. Lo primero es la rectitud, la buena disposición de la voluntad, que no nos aferremos a cualquier cosa de modo desordenado, que tengamos el oído atento para escuchar la voz de Dios. Ser rectos y a la vez ser generosos, y Dios nos va a dar la fuerza necesaria para ir respondiendo a todo lo que Él nos pida.
Y también proclama "Que todas las montañas y todas las colinas se abajen". Es la humildad. ¿Qué quiere decir tener humildad? No consiste en pensar que somos poco inteligentes si lo somos o que carecemos de voluntad cuando la tenemos. Consiste en saber que por Dios tenemos todo lo bueno y que nosotros somos administradores -no propietarios- que tienen que conocer lo que tienen entre manos y luego, averiguando cual es la voluntad de Dios, darle el uso que Él quiere.”
Juan Bautista nos llama también a llenar toda hondonada, todo abismo, todo vacío. Los caminos no sólo se construyen bajando los montes, ni enderezando los senderos torcidos, ni allanándolos cuando tienen piedras sino también llenando las hondonadas, cubriendo las ausencias. Y este llamado se refiere a la necesidad de positivamente contribuir para que el Señor venga más plenamente con la oración, con buenas obras, con algo que le dé gusto a Dios.
Así, cuando venga Jesucristo con el torrente de su nueva vida dentro de nuestro corazón, no va a encontrar obstáculos y vamos también nosotros a renacer con Él. Y va a venir no sólo para nosotros mismos sino, además, va a venir para convertirnos en personas que vayan por el mundo hablando de los bienes de Dios y dándolos, comunicándolos y haciendo participar a los otros de esos mismos bienes” (Diciembre, 1968).
Miremos a María
“Desde la encarnación habrían de seguirse nueve meses de trato permanente entre María y Jesucristo. ¡Qué cosa delicada y fina es Dios! ¡Qué cosa delicada y fina es la Madre de Dios! ¿Cómo habrá sido esa relación?
Qué útil meditar con humildad la actitud de la Virgen, para poder pedirla con amor. ¡Qué arte el de Ella para poder oírlo a Jesucristo y percibirlo en todos sus matices, en todo lo grande y fuerte, en todo lo minúsculo y delicado! ¡Qué capacidad para captar la de la Virgen!, y para responder lo más adecuado: con palabras, con finura de gesto y con hechos.
¡Qué maravilloso vivir de la Virgen en compañía permanente de su Hijo! Y no obstante eso vivir volcada en los mil detalles cotidianos de la vida de una mujer de pueblo que tiene que ocuparse del mantenimiento de una casa modesta, en la cual había que limpiar, acomodar, preparar la comida, ir a buscar el agua a la fuente, preparar la mesa, servirlo al esposo adoptivo San José.
¡Qué cierto que San José no habrá encontrado la menor merma en la diligencia de la Virgen, la menor ausencia! Al contrario, qué maravillosa actitud de la Virgen, de auténtica mujer recién casada y a la vez nueva madre.
Gratitud. Alegría. Emoción. Paz. Y al mismo tiempo seriedad, propósito serio de responsabilidad.” (Marzo, 1961)
Jesucristo viene en Navidad
“Jesucristo viene y viene muy contento. Es cierto que sabe que los hombres van a ser ingratos… Sabe cómo, apenas nacido, lo va a perseguir Herodes, pero viene contento. Experimenta el sufrimiento que le produce la ausencia de los medios más elementales de comodidad, nace en un pesebre, con el frío de la noche, con la incomodidad de las piedras, con la vergüenza y la pena de que sus padres no hayan obtenido un lugar apto para pasar la noche porque son pobres.
Pero eso no tiene ninguna comparación con la alegría inmensa que tiene, porque Él quiere venir a unirse con los hombres y ahora, cuando nace, va a poder ponerse en contacto con esos hombres a los que quiere tanto.
El gozo de Jesucristo es muy grande.
El gozo que tiene por estar en los brazos y junto al corazón de su Madre es enorme.
El gozo de sentirse al lado de San José, tan recto, es también grande.
El gozo grande que le proporcionan esos pastores sencillos, limpios, puros en su pobreza.
También es grande el gozo que luego le aportan los Magos que vienen desde Oriente siguiendo la voz de sus conciencias, sintiendo la obligación de ir a ver qué ocurre para adorar a Aquél que los astros señalan como enviado por Dios.
El gozo que le dan los ancianos en el Templo, que han estado fielmente conservando la tradición del pueblo de Israel y la esperanza del Mesías, que así han vivido de amor y sobre todo de esperanza, y de fe en la palabra de Dios, en el poder de Dios y en la fidelidad de Dios.
Tenemos que buscar que en nosotros Jesús también encuentre motivo de gozo; que, cuando el Señor venga el día de Navidad, encuentre algo de aquello que encontró en los personajes que lo rodearon cuando nació” (Diciembre, 1968).
“Jesús dijo a Nicodemo que era necesario nacer de nuevo. La segunda conversión, el segundo nacimiento, es el paso de la flojera, de la mediocridad, de la tibieza a la entrega generosa a Jesucristo para que tome posesión de nosotros. Es eso lo que el Señor quiere hacer el día de Navidad, para nuestra felicidad temporal y eterna y para el bien de tantos hombres, hermanos nuestros, a los cuales Jesucristo quiere llegar precisamente a través de nuestra propia conversión.” (Diciembre, 1968)
“Jesucristo viene al mundo con un gran amor al Padre y a los hombres, viene a aportar a los hombres el verdadero bien. Si nosotros tenemos un gran deseo de llevarlo a Jesús a los demás, de procurarles, en cuanto esté en nuestras manos, la salvación eterna, la gracia, los valores que más valen y luego, en la medida en la cual podamos, también los bienes temporales, entonces estamos bien dispuestos para Navidad.” (Diciembre, 1968)



