Un sacerdocio sin concesiones

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Su deseo de santidad

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Hace cien años, un 18 de septiembre, nacía en Buenos Aires Luis María Etcheverry Boneo, hoy en proceso de canonización. Quienes tuvimos el privilegio no sólo de conocerlo, sino de participar muy cerca de su vida y de su sacerdocio, tenemos el alma sellada por su paternidad. Dios lo dotó con cualidades extraordinarias. A nadie escapaba la penetración, intensidad y bondad de su mirada; la magnánima pureza y benevolencia de su corazón; la profundidad y acierto de sus observaciones y decisiones. Todo transparentaba en él, una paternidad excepcional.

De esta personalidad se sirvió Dios para enriquecer el pensamiento y la doctrina de la Iglesia con una visión del mundo fundada en el lema paulino de “Instaurar todo en Cristo”. Naturaleza e historia; hombre y sociedad; arte, ciencia y filosofía; economía y política. Así, el hacer del mundo “la casa de Dios” fue su inquietud desde el comienzo de sus estudios en Roma en la Universidad Gregoriana y el motor de su quehacer de regreso al país, en 1943, hasta su muerte.

Esta visión de la realidad no quedó limitada en páginas escritas, conferencias o lecciones académicas, sino que se encarnó progresivamente en personas e instituciones: escuelas para varones y para mujeres, colegios universitarios, grupos de matrimonios, centros universitarios y de investigación; todos deseosos de colaborar con la Iglesia en su tarea sacerdotal de unir lo eterno y lo temporal.

Tuvo una excepcional comprensión de la naturaleza y misión de la mujer como puente entre lo divino y lo humano. Con tal propósito en 1952 fundó una nueva forma de vida consagrada femenina: la Institución Servidoras, para que fueran, a semejanza de María Santísima, esposas de Jesucristo y madres capaces de conocer a fondo la realidad femenina, interpretarla, valorar sus exigencias, dar una solución a sus problemas y colaborar de modo específico en la realización del “Instaurare omnia in Christo”. El padre Luis María no llegó a conocer el nuevo Código de Derecho Canónico que asume esta nueva forma de vida, pero predijo que así sería. 

En 1961 compró con una donación el casco de la antigua estancia “La Armonía” para hacer de ese espacio privilegiado de la pampa un lugar donde se pudiera amasar lo eterno y lo temporal, tanto en el ámbito del pensamiento –con la colaboración de filósofos, teólogos, artistas y científicos que desarrollaran en común sus disciplinas–, como a través de iniciativas culturales y espirituales concretadas en encuentros, campus musicales, conciertos, espectáculos de luz y sonido, proyectos educativos, retiros, convivencias y misiones rurales.

Los últimos años de su vida los dedicó casi por completo a las Servidoras pero fueron numerosísimas también las vocaciones que suscitó, con su entrega incondicional a Jesús y a la Iglesia, al sacerdocio y a otras formas de vida consagrada. Además, siguió con atención el Concilio Vaticano II y sus aportes para el mundo contemporáneo. En algunos aspectos el pensamiento del padre anticipó la doctrina conciliar en lo que hace a la presencia de la mujer en la Iglesia y el mundo así como la autonomía de la realidad temporal y su ordenación a lo eterno.

El padre Luis María murió joven, solo y enfermo en Madrid, en 1971, durante un viaje que debía finalizar en Roma. Pero lo hizo con profunda paz, “como un santo”, dijeron los testigos que estuvieron esos últimos días con él. Fue la última expresión de su sacerdocio vivido sin concesiones.

Eva Carlota Rava, Servidora, 2017

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"Jesús, quiero que con tu gracia se dé mi comienzo en el camino de la santidad."

"...elijo como escudo y armas la devoción a María y como antorcha la vida interior."

"Quiero ser santo. Sostenedme María y haced que responda a la gracia del Señor para serlo".

"...tuyo sólo, todo, siempre (stricte “Homo Dei” /estrictamente un hombre de Dios/)"

"Ya soy sacerdote... y nada en mí parece cambiado.  Me haces comprender, Señor, que mi vida en adelante deberá ser vida de Fe."

A los 17 años escribe:

Lo que más me atrae es el sacerdocio secular, donde podría desarrollar bien el apostolado y acercarme al ideal de niño: la santidad. Diario, septiembre 1934.

 

Ahora, estando ya decidido a seguir la voluntad divina, mucho me va a ayudar María en mis propósitos si le tengo la devoción que tenía cuando /era/ niño bueno. Diario, 1934.

 

En las vacaciones de 1935:

Jesús, quiero que con tu gracia se dé mi comienzo en el camino de la santidad. Este es un anhelo muy hondo de mi alma y estimándolo así y deseando ardientemente su cumplimiento, ya lo he puesto en las manos de Tu Madre. Diario, febrero de 1935.

 

Pongo este propósito al amparo de vuestra virginal pureza, María, mi Señora y Madre, y creo firmemente y estoy bien seguro que conseguiré el realizar este sueño al amparo como me pongo -aunque sin derecho- de lo más preciado que posee la más eficaz de las Abogadas. Diario, 4 de febrero 1935.

 

Sí, como lo son esos muchachos compañeros de /Félix/ Frías. Como lo fueron éste, Frassatti, Ferrini, Ozanam y muchos otros que eran los únicos, la sal escasa en abundante y uniforme potage... Pero, ellos lo fueron. Qué decir también de San Luis, Don Bosco, San Francisco de Sales, de Asís, Javier, San Ignacio. Ninguno de ellos fue del número de los /comunes/. Eran los únicos, estaban solos en medio de un ambiente igual o peor que el mío. Pero quisieron, poseyeron voluntad, fueron hombres y con la gracia divina, que nunca falta, contra la corriente, contra toda clase de obstáculos, contra inconvenientes mucho mayores que los míos, llegaron a la santidad, al ideal, al fin único seguido, al anhelado fin, a la coronación de sus esfuerzos. Diario,  6 de marzo 1935.

 

/Dios/ “en su infinita misericordia se ha compadecido, quizá debido a mi buena pero tímida voluntad fluctuante, pero sobre todo a los oficios de María a quien no he dejado de invocar ningún día, siquiera fuera con un Avemaría rutinario.” Diario, 1 de  junio 1935.

Y ya que es mucho lo prometido y excesivamente superior a mis pobres fuerzas elijo como escudo y armas la devoción a María y como antorcha la vida interior. Diario, 21 de septiembre 1935.

Quiero ser santo. Sostenedme María y haced que responda a la gracia del Señor para serlo. Diario 19 de marzo 1936.

 

No olvidar que tengo /…/ con la gracia de Dios, que llegar al Sacerdocio sublime siendo realmente santo! Hay que tomar verdaderamente en serio lo de la santificación: he venido a santificarme  para luego santificar y si no lo consigo defraudo las gracias del Señor.

Señor: no me queda otra cosa que anonadarme, pedirte humilde perdón y empezar de nuevo una vez más, con la firmísima confianza de que por fin se acabará mi tibieza, ya que me he consagrado a Ti enteramente y he venido a esta casa para ser santo. Todas las noches se lo pido a María Auxiliadora y ella nunca me ha negado nada... Diario, 19 de marzo 1936.

 

Tantas veces he comenzado que no me atrevería a tomar resoluciones. Pero confío en el Señor o quiero confiar en Él exclusivamente. Ya sé lo que yo puedo. Repito: confío en el Señor exclusivamente y propongo en base /a/ esa ayuda segura, llegar a la santidad. Por mi parte lo quiero. Agrego a esto tres Avemarías diarios a la Madre Celestial /con/ esa intención. Sólo me falta empezar a trabajar. Diario, 15 de abril 1936.

 

(Día de San Alfonso María de Ligorio) Gran santo éste que tanto amó a Jesús, a María y a la Iglesia; he de imitarlo con la gracia de Dios en estas tres cosas al par que en su piedad, su ciencia cristiana y su espíritu apostólico. Diario, 2 de agosto de 1936.

 

(Fiesta de San Juan Ma. Vianney, Patrono del Clero secular) ¡Qué santo admirable éste y qué modelo para los que vivimos tiempos semejantes a los suyos! Diario, 9 de agosto 1936.

 

Y seré santo, porque cuento con la gracia de Dios y la protección de mi Madre Celestial, a quien cada día se lo pido y pediré cada vez con más fervor, y porque quiero serlo y como San Juan estoy dispuesto a responder a todas las gracias que N. Señor me dé para serlo. Diario,12 de agosto 1936.

 

San Bernardo, magnífico modelo, tan amante de María, que hoy nos presenta la Iglesia. San Bernardo, ruega por mí. Diario, 20 de agosto 1936.

 

Angel de la Guarda, guíame. /…/ ¡San José, guíame en el viaje! ¡Santa Teresita, dame vuestro espíritu de infancia espiritual! ¡San Francisco de Asís, en este tu día, dame tu amor a la pobreza y tu locura de la Cruz. Diario, 2/4 de octubre 1936.

 

A los pocos meses de su ingreso al seminario, con el primer curso aprobado fue enviado a Roma para seguir su formación y estudios en el Pontificio Colegio Pío Latino Americano y en la Universidad Gregoriana. 

Al llegar a Génova escribe:

Tengo gran confianza y esperanza en Vos, Señor, y en tu Sma. Madre, para empezar /…/ una etapa trascendental de mi vida: la de mi santificación. Vos lo querés, Señor; María lo quiere y yo lo quiero. Con tu gracia Señor, seré santo. Aspiro a llegar a ser lo que tu amorosa Providencia ha dispuesto que sea./…/ Mañana veré, si Vos querés, Europa continental y pisaré esa tierra a la que me mandás y de la cual no sé si volveré a salir. Hágase en todo tu divina Voluntad. Quiero desembarcar teniendo como propósito el ser uno más de aquellos santos que pisaron el suelo de Italia. Que los santos benditos que anduvieron por los lugares por donde he de andar, me protejan y rueguen a Vos para que ese propósito, con tu divina gracia, llegue a cumplida realidad. Diario, 14 de octubre 1936.

 

Me has permitido ver San Pedro, la Iglesia donde /celebra/ tu Vicario y me has permitido orara ante el sepulcro del Príncipe de tus Apóstoles. ¡Gracias, Señor! ¡Gracias María, mi buena Madre! Estoy en Roma desde ayer, estoy en la Capital del orbe católico, en el bendito lugar donde reside el Vicario de N. Señor, en el lugar santificado por tantos Mártires, que ha visto a tantos Confesores de la Fe. Diario, 17 de octubre 1936.

 

En un Retiro escribe:

Estaré entregado totalmente a la Iglesia y en mi vida mi único móvil será servirla, ya no más voluntad propia /…/. En mi trato con Dios: ya no pediré para mí sino para mi Sacerdocio, para mi oficio, para las almas, directa o indirectamente. Cuando dirija juventud intelectual y dirigente, trataré de ponerla en contacto con la auténticamente obrera. Diario, octubre 1940.

 

Creo que sin orgullo puedo decir y desear con tu ayuda hacer mucho por Vos y repetir con S. Ignacio /frente a/ lo que han hecho por Ti los más grandes Santos y él mismo: “lo he de hacer yo también”. Siempre sabiendo que todo depende de tu gracia porque por mí no puedo nada. Diario, 7 de abril 1941.

 

En las vísperas de su ordenación sacerdotal, a los 23 años, escribe: 

“Preparación a mi sacerdocio”, 

Trinidad Santa, mi Jesús, María, mi Madre:

Lo que os quiero decir, lo que os quiero pedir en “mi” día, en “vuestro” día (porque con vuestro auxilio, más, con vuestra obra exclusiva, será el de mañana un día trascendental para la gloria divina y la salud de muchas almas.)

Una “fe ciega” en  la Providencia.

Una “fe ciega” en  la eficacia de la Eucaristía.

Una “fe ciega” en  la eficacia del auxilio de María.

Estoy “cierto” de que “non confundar in aeternum” [no seré confundido    eternamente]: me lo harán “ver”, “evidentemente” a cada paso, Dios Padre, Jesús,  María.

Una “fe ciega” y lógica en el obrar, en la eficacia de los medios sobrenaturales.

Tengo una “certeza absoluta” aunque “a priori” de que mi Sacerdocio será más trascendental para Tu gloria y las almas, que lo que podría haber sido mi vida exclusivamente para Ti pero seglar.

Y estoy “cierto” de que Tú, mi Jesús, harás que los hechos me lo confirmen “evidentemente”... en esta vida o en la otra (...porque no te pido ver el triunfo en esta tierra. Más: a paridad de gloria para Ti y de bien de las almas, para asemejarme a Ti cuando aquí viviste mortal y fuiste “un fracasado”, prefiero y Te lo pido no verlo sino en el Cielo. Pero... “a paridad de gloria Tuya”, Jesús... porque eso es lo primero, más: lo único).

Estoy “cierto” de que llegaré a ser santo. Argumentos: los del poema-tesis de mi vocación que suministran María y la Eucaristía.

Estoy “cierto” de que Tú, Jesús, y Tu Padre Celestial, dispondrán todo (hombres y cosas) de tal manera que siga el “camino particular” que para mí deseáis. “Me parece” que son la juventud estudiosa y... tus ministros...

“Creo”,“espero con gran confianza” que el día de hoy (de mañana, mejor) será grandioso, trascendental, para los intereses de Tu gloria Dios mío, los de la salud y la perfección de muchas, muchas y grandes almas...

Pero “todo” por Tu gracia, por Tu potencia, Tu sabiduría y Tu bondad... porque en cuanto a mí, será necesario que me tengas siempre en Tus brazos, Eterno Padre; dentro de Tu Corazón, Jesús mío; bajo el influjo continuo de Tu ley y Tu fuego, Espíritu Santo; en tus brazos también, Madre...

Y concédeme Trinidad Santa, los “espíritus” de que hablo más arriba y todo lo que Tú sabes que me hace falta o me conviene...

Y especialmente que sea total y exclusivamente “tuyo”: de pensa-mientos, de afectos, de juicios, de intenciones, de obras: tuyo sólo, todo, siempre (stricte “Homo Dei” /estrictamente un hombre de Dios/)

...y concede todo lo que suelo pedirte y lo que Tú les quieres dar al mundo: a la Iglesia, su Vicario y su Jerarquía; a los paganos, cismáticos y herejes; a mi Argentina; a mis parientes y bienhechores, a mis superiores, a mis amigos, a todos los que me han hecho y querrán hacer mal...

¡Señor: que sea un impaciente, un siempre insatisfecho de Tu poca gloria! ¡Siempre A.M.D.G.! /a la mayor gloria de Dios/

Y que sean testigos benignos de esta conversación de mañana... y de siempre: S. José, mi Ángel, S. Pedro y S. Pablo, S. Juan Bautista y S. Juan Evangelista, S. Agustín y S. Juan Crisóstomo, S. Bernardo, S. Tomás, S. Ignacio y S. Francisco Javier, S. Teresa, S. Luis, S. Juan M. Vianney, S. Juan Bosco, S. Teresa del Niño Jesús y S. Gema Galgani.  A.M.D.G.

 

El 12 de abril de 1941 llegó el gran día esperado: Ya soy sacerdote... y nada en mí parece cambiado. Me haces comprender, Señor, que mi vida en adelante deberá ser vida de Fe. Diario.

Por sus frutos lo conocerán

El Siervo de Dios Padre Luis María Etcheverry Boneo vivió en plenitud su ministerio sacerdotal. Allí radicaba el secreto de su santidad. Puede decirse que todo en él fue sacerdotal. Pero para intentar captar su sacerdocio “desde dentro” hay que asomarse al misterio de su intimidad con el Maestro y Amigo: Jesucristo. Todo en su vida y su actuar provenía de esa intimidad con el Señor.

La abnegación con su consiguiente sobriedad y austeridad no constituían en el Padre un rasgo casual. Nunca hacía de este modo de ser suyo algo llamativo, pero al estar cerca de él y con mucha frecuencia podíamos descubrir que era un estilo, y el estilo, sin duda, es la persona.

Una abnegación permanente, cotidiana. A través de sus predicaciones se nos devela su camino ascético-místico: sumergirse minuto a minuto, más y más, en la Vida del Señor. Mirar a Jesucristo, ese era su método interior, su “GPS” diríamos hoy. Si esto hizo Jesús por mí, ¿qué tengo yo que hacer por Él? Si esto hiciste Tú Jesús por mí, ¿qué debo yo hacer por Ti?

Su vida estaba permeada de la Palabra de Dios y quien entraba en contacto con él, encontraba a Jesús. Con las palabras, el silencio, los gestos, el modo de orar, el modo de celebrar la liturgia, el recogimiento antes de cualquier actuar; con todo su modo de ser. Su mirada penetrante expresaba fuerza y alegría, pero al mismo tiempo ternura y acogida. Se notaba inmediatamente: era una persona llena de Dios. Fue un hombre de Dios; vivía en diálogo permanente con Jesucristo.

El Padre Etcheverry ante todo era Padre frente a cada persona; era padre en el amor sanador de nuestras limitaciones, “Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles” (Sal 102/103, 13). Estaba atento y al servicio de toda indigencia humana de cualquier procedencia: familia, estudio, trabajo, enfermedad, quehacer profesional. Permanentemente abierto a toda necesidad: social, cultural, económica, política, a todas las edades y estados de la vida.

Éramos conscientes de que cada afirmación suya estaba pasada por la savia de su propia experiencia natural y sobrenatural. Nunca nos mostraba caminos por donde él no transitara antes, ni nos proponía metas en las que no hubiera puesto previamente toda su energía en vivirlas.

Hombre de Iglesia que abrió nuevos escenarios de acción cultural a laicos, consagrados y sacerdotes o futuros sacerdotes o religiosos, para que actuaran en  el mundo y en nuestro país.

Se hizo cercano a las personas más sencillas, les adecuó sus homilías o hablaba con ellas enseñándoles a valorar la importancia de lo pequeño y de lo grande, a todas y a cada una.

En su entrega paternal nos ayudaba a ser mejores en todo sentido, a centrarnos en lo que nos permitiría obtener paz y alegría serena; ser felices en esta vida y caminar hacia la vida eterna. Su paternidad tocaba lo más recóndito de nuestra interioridad porque tenía la finura y la sabiduría de advertir detalles que a muchos hubieran pasado desapercibidos.

Todo en la existencia del Siervo de Dios se convertía en algo terriblemente serio y comprometedor cuando estaba en juego el amor de Dios. En ese amor misericordioso que expresaba con toda su persona, pienso está la explicación de la fecundidad vocacional de su ministerio. ¡Cuántos hijos quieren seguir a ese Jesucristo que nos revelaba con tanto fuego apostólico! Son muchos en los que despertaba el anhelo de santidad ya sea en la vida seglar o en la vida consagrada. Jóvenes que se iban a comprometer con su profesión, matrimonios ejemplares, familias cristianas y un gran número de personas consagradas a Dios: más de 150 entre sacerdotes, Servidoras, religiosas.

Allí, en su radicalidad de identificación con Jesucristo, podemos encontrar la fuente más profunda de su fecundidad sobrenatural, de su capacidad de inspirar a muchos a seguir al Señor y poner la propia vida al servicio de "construir la tierra mirando el cielo” y de “ir al cielo construyendo la tierra”. Bajo la mirada y el cuidado maternal de María a quien amaba entrañablemente.

El Señor realizó cumplidamente los deseos expresados en los Ejercicios Espirituales  para su ordenación:

“Un espíritu sacerdotal que penetre toda mi persona y toda mi actividad: sacerdote todo y siempre”.

Con ese espíritu realizó una siembra de la que él generosamente ofreció no ver sus frutos… pero los mismos se dieron en abundancia y de ellos la Iglesia y el mundo están muy necesitados.

Mabel Liébana, Servidora

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“Un espíritu sacerdotal que penetre toda mi persona y toda mi actividad: sacerdote todo y siempre”.

Son muchos en los que despertaba el anhelo de santidad ya sea en la vida seglar o en la vida consagrada. Jóvenes que se iban a comprometer con su profesión, matrimonios ejemplares, familias cristianas y un gran número de personas consagradas a Dios: más de 150 entre sacerdotes, Servidoras, religiosas.

Allí, en su radicalidad de identificación con Jesucristo, podemos encontrar la fuente más profunda de su fecundidad sobrenatural, de su capacidad de inspirar a muchos a seguir al Señor y poner la propia vida al servicio de "construir la tierra mirando el cielo” y de “ir al cielo construyendo la tierra”