Pensamientos del Padre Etcheverry 
Semana Santa

 

¿Cómo vivir la Semana Santa?

“Vivámosla muy unidos a la Virgen, al mundo interior con que María la vivió.”

 

“Digamos una vez más que las fiestas de la Iglesia traen consigo para nuestras almas una gracia muy grande que está en relación con el misterio que ellas celebran, una gracia que va a venir a nuestras almas con mayor o menor intensidad y provecho según nosotros nos hayamos preparado para ellas y según las vivamos de una manera u otra.

 

Entonces, ¿qué tenemos que hacer en esta Semana Santa?

 

Para vivir bien esta Semana Santa tenemos ante todo que quererlo acompañar a Jesucristo en los distintos pasos de su Pasión.

 

Para esto, lo que más nos conviene es tomar el texto del Evangelio y  recordar que ese texto nos trae las gestas de Jesucristo, las acciones maravillosas que el Señor vivió pensando en nosotros y que, por otra parte, Él inspiró a los distintos evangelistas que las narran, precisamente pensando también en cada uno de nosotros.

 

Tanto en cada paso de la Pasión como en cada momento de la inspiración de Dios al evangelista que escribía lo que nosotros leemos Jesucristo como Dios tenía perfectamente presente nuestra persona y nuestra persona en este momento preciso en el estamos viviendo. Y Jesucristo pensaba en nosotros queriendo que entendiéramos determinadas ideas, tuviéramos también determinados sentimientos y consiguiéramos en nuestra voluntad determinados propósitos, determinadas actitudes.

 

Entonces tomemos el texto así, con espíritu de fe.

 

Para rezar nos ayuda pensar ante cada uno de los pasos de la Pasión qué pensaba Jesucristo cuando lo estaba cumpliendo. Qué sentía y qué quería en relación con cada una de las personas que estaban presentes en ese momento y en relación con otras personas que no están visiblemente en ese episodio pero sí que estaban en la mente y en el corazón de Él.

 

En primer lugar, qué pensaba, sentía y quería en relación con el Padre Eterno con quien estaba en diálogo permanente. Qué pensaba, qué le decía Jesucristo al Espíritu Santo. Qué pensaba, sentía y quería respecto de la Virgen en ese momento. Respecto de las almas  buenas y de las almas malas que lo rodeaban en los episodios de la Pasión.

 

Y luego, trasladándonos a nuestro tiempo, pensemos qué pensaba y sentía Jesús en cada uno de esos momentos de su Pasión teniendo en cuenta a la gente de nuestro tiempo, a los hombres que están situados en favor de Él o contra de Él en nuestro momento histórico y en el lugar donde vivimos.

 

Qué pensaba, qué sentía y qué quería Jesús ─finalmente─ pensando en mí, respecto de mí. Y en cada uno de esos momentos tratar de responder con consecuente reciprocidad llena de amor, llena de nobleza, llena de gratitud.

Así entonces la Pasión de Jesucristo no va a ser algo ajeno a mí sino algo que me atañe muy íntimamente y que está cargado de valores y de consecuencias positivas para mí. Esto es lo fundamental: meditar la Pasión de Jesucristo con la mejor intención, sacando todas las consecuencias concretas no sólo para el tiempo de El sino para mi tiempo, todas las consecuencias concretas para mi propia persona.

 

Además debo concurrir a las ceremonias más importantes y vivirlas con espíritu de fe sabiendo que están actualizando todo lo que hizo Jesucristo pensando en mí y que todo eso estaba destinado a pagar por mis pecados, a limpiarme de mis faltas y a traerme una nueva Resurrección.

 

Las fiestas de la Iglesia traen una gracia importante. ¿Qué gracia va a traer la Pasión del Señor? Me trae la gracia grande de morir yo también al pecado y a todo lo que en mí el pecado deja de malos hábitos, de malas inclinaciones. Y cuando venga inmediatamente la Resurrección de Jesucristo ─que también ella está cargada de valor sacramental, es decir, no sólo de enseñanzas sino también de gracias para mi alma─, voy a poder también participar y compartir la gracia grande de la Resurrección de Jesucristo.

 

¿Qué significa la Resurrección de Jesucristo? Ella va a traer una nueva vida espiritual gloriosa, indefectible como la nueva vida física de Jesucristo, incapaz de morir si yo la recibo con la debida disposición; además, totalmente espiritual y capaz de valorar las cosas de arriba. Nos va a repetir constantemente la liturgia de los días de Pascua con palabras de san Pablo: “Las cosas de allá arriba pensad, las cosas de allá arriba sentid”[1], el Cielo, la vida sobrenatural, todo aquello que es capaz de sostenernos en la tierra con una esperanza enormemente enaltecedora y sostenedora.

 

También nosotros sentiremos permanentemente en adelante el gozo, la gloria y la alegría de esa vida espiritual en nosotros y, finalmente, el carácter expansivo de esa vida. No podremos contener la vida espiritual dentro de nosotros mismos sino que trataremos de volcarla en nuestros hermanos, en quienes nos rodeen, para llevarles a todos ellos toda ayuda espiritual y temporal.

 

Si encaramos la Semana Santa y luego la Resurrección del Señor así, con un propósito de compartir íntimamente, de ponernos en el lugar de Jesucristo y pensar lo que Él pensaba, sentir lo que Él sentía, querer lo que Él quería en cada uno de los pasos dolorosos de su Pasión y luego gloriosos de su Resurrección, estos días -esta Semana Santa y luego la semana de Pascua que viene a continuación- van a producir dentro de nosotros frutos maravillosos, para nosotros y para los demás, para el tiempo y para la eternidad.” Marzo, 1969

 

[1] Cfr. Col 3, 1-2.