Colegio San Pablo
                                                                                                                                                                 

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A partir de 1952, el Padre dejó sus funciones en la Curia metropolitana, donde trabajaba desde su regreso a Roma y lo hace para dedicarse más especialmente a sus obras apostólicas, entre ellas, las correspondientes al campo de la educación y de la cultura. Reside por entonces en la casa de la calle Riobamba, 1227, donde funcionaban el Instituto Católico de Cultura y uno de sus colegios universitarios.

 

En 1953, con el acuerdo y apoyo de padres de familia que le estaban vinculados por diversos motivos, fundó el Colegio San Pablo, comenzando no sólo con el primer curso del Bachillerato, para ir creando año tras año el curso siguiente. El Colegio comenzó funcionando en la misma sede en que habían funcionado hasta entonces los Cursos de Cultura Católica, en la calle Carlos Pellegrini 1535.

 

“En marzo de 1955, creó también la sección primaria, y pocos meses después, vendiendo la sede del primer Colegio Universitario, adquirió la propiedad de la calle Vicente López 1639 y trasladó allí el Colegio San Pablo”. (Pbro. Angel B. Armelín, “Testimonio Personal”).

Creeemos que este Colegio abrió un surco nuevo en la educación argentina, con ideas completamente innovadoras en el campo pedagógico, varias de las cuales hemos visto -con mucha satisfacción- explicitadas en el documento de la Santa Sede sobre la Escuela Católica del año 1967.

 

Así el Padre concibió como instrumento apto para la formación integral del hombre, reducido en su dimensión, con límites precisos, que permitan el conocimiento y seguimiento personal de los alumnos, ya que la educación es obra de artesanía y no de “producción” masiva o en serie; e ideó medios especiales conducentes para la ayuda individualizada y para el discernimiento y el especial cultivo -cuidadoso y respetuoso- de las vocaciones personales, tanto sacras como profanas.

 

También desde el principio, en forma explícita, fue lo específico del Colegio el transmitir a los educandos una visión cristiana del mundo; y ello, también, pero no sólo como algo implícito en el conjunto de las enseñanzas, sino como una disciplina “sui generis” que agregara al conocimiento de toda la realidad, la correspondiente valoración y la toma de posición vital.

 

Lógicamente esta cosmovisión, siendo específicamente cristiana, tiene a Jesucristo como centro, lo cual aparece en ella con unánime convergencia y con gran fuerza. Y es coherente con lo que siempre él enseñó acerca del lugar y el papel absolutamente central y fontal, liminar y conductor que Jesucristo tiene en el mundo de la auténtica cultura y civilización.

 

En lo que se refiere a la síntesis entre cultura y fe, que en su Documento sobre la Escuela Católica la Santa Sede postula para el Colegio católico, el Padre Etcheverry elaboró, y puso en práctica para su consecución, una metodología que consiste en pasar, frente a cada objeto de conocimiento, del plano científico al filosófico, y de éste al teológico.

 

Y para obtener la síntesis entre fe y vida, que debe ser un logro fundamental, primordial, de la educación, el Colegio propone a Jesucristo como modelo y enseña a los alumnos a cultivar la relación personal con El… y atiende también especialmnete el cultivo y desarrollo de las virtudes teologales en el interior de los alumnos, desplegando al máximo posible sus virtualidades, enraizándolas en las profundidades psicológicas de la persona e, incluso, reduciendo a ellas, de algún modo, las virtudes morales.

 

También proponía el Padre cultivar con particular esmero, la virtud de la humildad, como expresión psico-ética de la verdad profunda, metafísica y teológica.

 

Y, ello supuesto, impulsa a la grandeza en las metas y a la entrega personal generosa en su consecusión, todo para gloria de Dios, e inculca también el señorío frente a las propias pasiones y el mundo circundante.

 

Le dio al Colegio, por otra parte, entre sus objetivos, el despertar y cultivar adecuadamente en los alumnos la sensibilidad social, la solidaridad y la amistad, junto con la capacidad y el gusto por el trabajo en equipo.

 

“También tenía una atención muy marcada en el planteo educactivo, al desarrollar a fondo el amor y el arraigo de la propia nacionalidad; pero ayudando al mismo tiempo a los alumnos a sentirse en todo el mundo -que es cada de Dios- como en la propia casa, e inculcándoles el compromiso de trabajar con inteligencia y fuerza, en la edificación de la ciudad terrena”. (Mons. José Bonet Alcón, “El aporte del Padre Luis M. Etcheverry Boneo a la educación y la cultura católica”, Buenos Aires, 1978).

 

El Padre siempre quiso que el Colegio San Pablo aspirase a formar en definitiva, el varón justo, el caballero cristiano, aquel que piensa, juzga y obra según la doctrina y el ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo y esto está expresado de manera magistral en la oración de los bachilleres que él compuso y sintetizado en el escudo y lema elegido para el colegio: “Instaurare omnia in Christo”.

Prof. Margarita Rodiño, Servidora

La tarea sacerdotal del P. Etcheverry Boneo –hoy Siervo de Dios- tuvo por eje trabajar en el campo de la cultura para ir concretando el ideal de “instaurar todo en Jesucristo”, de modo que toda la realidad temporal y la actividad humana en ella se convirtieran en escalera para llegar a la vida eterna. Para ello, además de trabajar en la elaboración de la cultura, se hacía indispensable formar personas, y en lo posible plasmar en instituciones los logros que se fueran obteniendo.

Su primer trabajo, ya desde los Cursos de Cultura Católica del que era director, comenzó con jóvenes profesionales y universitarios, con la idea de formarlos, para brindar a la Iglesia y al país dirigentes católicos capaces de encarar, una reconstrucción y proyección de toda la realidad, a la luz de una visión cristiana del mundo.

Pero la convicción de la importancia que tienen los años más jóvenes en la configuración de las personalidades, lo llevó a implementar el comienzo de esa tarea, ya en la edad adolescente. Así concibe el Padre la idea del Colegio San Pablo, inicialmente en su sección secundaria, ampliada luego a todo el ámbito de la educación básica.

El proyecto tenía y tiene como meta brindar una formación integral personalizada que apunte a desarrollar las capacidades individuales de los alumnos en sus distintas dimensiones, con discernimiento de sus vocaciones personales, amalgamadas ellas en una sólida escala de valores; con una unidad interior de concepción y donde el conocimiento de toda la realidad temporal, abordada desde las distintas asignaturas, logre ser presentada y transmitida desde una común fundamentación filosófico-teológica.

Quería así brindar no sólo una concepción intelectual unida y coherente, sino todo un sistema de valores capaces de generar una visión del mundo, una actitud vital y vigorosa que pudiera natural y espontáneamente traducirse en una conducta. Presentar verdaderos valores capaces de entusiasmar y proyectar todo el vigor juvenil, hacia la necesidad de prepararse con seriedad para la tarea linda de trabajar en todas las áreas, para mayor gloria de Dios, y salvación y felicidad de los hombres. Una tarea que “se realice en la tierra, pero mirando al cielo, y que permita llegar a ese cielo construyendo la tierra”; una tarea que enseñe a mirar la realidad, a relacionarse con las personas y las cosas, a juzgar hechos y conductas, todo desde esa perspectiva, y a obrar en consecuencia; una tarea que enseñe a amar y conocer su propio país y trabajar con generosidad en él proyectándolo al mundo con lo que le es propio; una tarea que enseñe a defender, amar e insertarse eficazmente en el seno de la Iglesia desde su propio lugar.

Para llevar adelante esos fines fue creado el Colegio con pocos alumnos por curso, permitiendo así el conocimiento directo y el trato personal con cada uno, para asistirlo y orientarlo en sus dificultades y posibilidades de desarrollo personal y vocacional.

Se amplió el plan de estudio oficial con la incorporación de materias internas destinadas a la formación básica: la filosofía, desde los primeros años; la enseñanza en la religión, la cátedra de Visión Cristiana del Mundo, el estudio de lenguas clásicas y modernas y actualmente la informática.


Desde el comienzo se le dio fundamental importancia a que en el ámbito cotidiano el chico tuviera un fácil acceso a las fuentes de la gracia: la oración, la vida sacramental, la formación de una vida espiritual sólida con manejo de sus medios, a través de retiros, misas y pláticas semanales, y el contacto con Cristo vivo en la Eucaristía. Por eso siempre el lugar asignado a la capilla, como centro de toda la actividad, fue muy cuidadosamente buscado.

En su etapa fundacional de 1953 hasta mediados de 1955, el Colegio inició sus actividades en C. Pellegrini 1535, sede de los Cursos de Cultura Católica. Comenzó sólo con 1er. año con una veintena de chicos, cuyos padres vieron en la propuesta del Padre Etcheverry el ideal de formación integral para sus hijos.

Los profesores eran profesionales con una trayectoria ponderable en sus respectivas actividades y con apertura al campo cultural más amplio. Con ellos los chicos podían compartir los almuerzos, donde se comentaban temas de cultura general y de actualidad e iban aprendiendo de ese modo a discernir, a juzgar y a valorar.

Al año siguiente, con dos cursos ya en marcha, se planteó la idea de la sección primaria, y con ella la necesidad de otra Sede. Esto se concretó a mediados de 1955 con la adquisición y el traslado a la casa de V. López 1639,que fue objeto de sucesivas modificaciones según las actividades le fueron exigiendo, sobre todo cuando se abrió la sección primaria. En esta casa que fuera sede durante largos 30 años, se cumple el período más importante de verdadero afianzamiento y consolidación.

La presencia cotidiana del padre en el Colegio, sus enseñanzas, su ejemplo –siempre fuente de gracia-, sus orientaciones precisas, sus advertencias y consejos oportunos hicieron, en el día a día, que en esa etapa fuera tomando cuerpo y cierta adultez lo esencial y propio del Colegio. Allí se gestó y encarnó su espíritu, informador de toda la actividad de la Institución y que trascendió a las familias y exalumnos.

Con la dirección y orientación del P. Etcheverry se hicieron seminarios y jornadas pedagógicas, se reestructuraron los contenidos de todas la materias y se coordinaron los programas y actividades, a través de los departamentos de las distintas áreas. Se elaboró un proyecto de ficha psicológica para orientación de los alumnos, se estructuraron los planes de Visión Cristiana del mundo y se establecieron las bases para un reglamento de disciplina.

En 1957 egresó la 1ª promoción de bachilleres, y a partir de entonces fueron surgiendo las asociaciones destinadas a fortalecer el vínculo amical entre alumnos y exalumnos, y a posibilitar la acción mancomunada, cultural y apostólica, con proyección a la tarea universitaria y al quehacer profesional: Ágape en 1957, Servir en 1962, Misión en 1967, y hoy, la Asociación de Exalumnos con su propia estructura. También se creó la Asociación de Padres, y se adquirió el Campo de Deportes en Ing. Maschwitz.

Pero si un hecho conmovió profundamente a la gran familia del San Pablo fue, en Marzo de 1971, la muerte inesperada del P. Etcheverry. Difícil sintetizar todo lo que significó y se vivió en el seno del Colegio y de la Obra entera. Fue un hito clave y un desafío difícil, asumir esta nueva realidad para asegurar la continuidad cabal de lo que se había emprendido. Las bases necesarias estaban dadas, y fue la convicción profunda de que todo estaba en manos de Dios lo que sostuvo el ánimo humilde y confiado frente al camino a seguir. Tarea que con una ayuda muy especial de Dios –y, porque no, del propio Padre- se ha ido desarrollando y completando.

En poco tiempo el cumplimiento de esa misión exigió una nueva meta: el edificio definitivo que posibilitara con medios más idóneos abrirse a nuevas perspectivas y perfeccionar las anteriores. Con gran esfuerzo se llevó a cabo el nuevo emprendimiento, y a partir de 1985 el paso a la sede actual señala el inicio de un nuevo período, que sobre las mismas bases, fue mostrando en las adecuaciones actuales la fecundidad de las ideas iniciales, capaces de dar respuestas a las más diversas circunstancias de tiempo y espacio.

Causó profunda conmoción la muerte inesperada del P. Armelín, rector del Colegio, incansable impulsor y realizador, pieza fundamental –en la concreción del nuevo edificio al cual se brindó incansablemente con ejemplar ánimo y empuje.

Hoy el Colegio es una sólida realidad con personalidad propia: reconocida, valorada e imitada. Valga aquí aquello de “…por sus frutos los conocereís” (Mt.7, 17-18). Cincuenta y seis promociones terminaron en el Colegio, y en todo este período ha sido fecundo el aporte de ellas en la universidad y en la tarea profesional. Y es de destacar, como una particular gracia de Dios, el gran número de vocaciones sacerdotales que el Colegio brindó a la Iglesia.

A los 60 años de su fundación, con una mirada retrospectiva llevada a los comienzos, y desde allí proyectada sobre las distintas etapas hasta el presente, es una excelente ocasión para analizar el cumplimiento de las metas del fundador, repensar y complementar lo que la realidad actual exige.

Pero fundamentalmente es ocasión propicia para valorar todo esto que fue creado, pensado y llevado adelante por el P. Etcheverry con una instrumentalidad sacerdotal sin fisuras, con una ejemplar fe y fortaleza, apoyado en la fuerza de Dios, con una lúcida clarividencia para planear, modificar, resolver y orientar, con una enorme caridad, para brindarse hasta el mayor sacrificio en esta obra y las otras que emprendió al servicio de la Iglesia. Ocasión para expresar nuestra enorme gratitud a Dios por el legado del que somos responsables y ocasión para comprometer, lo mejor de nosotros mismos para llevar adelante esta tarea sin duda querida y bendecida por Dios.