Visión de un Fundador:

el Padre Etcheverry Boneo y la fundación de las Servidoras

Lila Blanca Archideo, Servidora

No es fácil aprisionar en unas líneas una vida sacerdotal que desgranó sus años haciendo amar la santidad, creando una tensión tierra-cielo, tiempo-eternidad. Es casi pretender colocar agua en un cesto, pero como en ese caso, también lo humanamente imposible toca el misterio.

La Institución de las Servidoras fue fundada por el Padre Luis María Etcheverry Boneo cuando fue viendo que algunas de sus hijas espirituales ─tenía más de cien entre religiosas y laicas, casadas y solteras, jóvenes y de edad madura─ iban entendiendo algo de lo que significa vivir sólo para Dios y servirlo glorificándolo constante y conscientemente y por ello sirviendo a la Iglesia y al mundo también, pues todo no tiene otro sentido que esa gloria divina.

Estábamos recorriendo los primeros pasos de las ciencias, las artes y la filosofía en nuestras facultades, nos entusiasmaba la defensa de la verdad y el inclinar a los demás a verla y comprometerse con ella que es a la vez bien y belleza. Todo era lindo, apetecible para nuestras dos primeras décadas de vida y veíamos un mundo por delante para ser conquistado con amor de esposas jóvenes de un Esposo eterno, con amor de madres de hijos de El, con la efectiva solicitud de secretarias que acompañan a su Jefe dondequiera lo solicite.

Se nos hacía una sola cosa quererlo a Jesucristo queriendo a nuestros hermanos en los cuales El estaba y había que mostrar o desentrañar; nos entusiasmaba el estudio de toda verdad porque en todas buscábamos la Verdad última o Primera. No concebíamos un mundo ateo, había que poner todos los medios para cristianizar y hacerlo primero con los dirigentes y con ellos ayudar a todos los demás. Había que comenzar por la tierra propia, por el propio tiempo y por ello conocer el país, su historia, su tradición, su presente, su geografía. Y amarlos e interesarse por todas y cada una de las personas que nos rodeaban comenzando por las más próximas. Y conocer el mensaje evangélico, ése que desde toda la eternidad Jesucristo quería brindar a este tiempo. E importaban razas y clases sociales ─que en los años '50 aún tenían vigencia en nuestro país─ campo y ciudad, intelectual y trabajador manual, mujer y varón, pero sobre todo mujer, porque era un ámbito que nos era más conocido desde adentro y por ello: familia y enseñanza. También toda profesión porque todo el mundo es casa de Dios y los hombres deben vivir en él como hijos, hijos que gozan su naturaleza y su recta cultura. ¡Y cuántos panoramas lindos y grandes se abrían ante nuestros ojos, cuantas posibilidades para todos!

 

Cuánta riqueza para la personalidad femenina, tal vez aun no del todo tenida en cuenta. El Padre Etcheverry sentía un profundo respeto por la mujer y en ella veía esa mitad del mundo a quien Dios llamó para ser madre y para ello le llenó el corazón de amor, y en esa maternidad unió no sólo el cuidado psicológico social y material del hijo, sino también el espiritual y sobrenatural. Allí debía insertarse en la mujer su sacerdocio de los fieles recibido en la consagración bautismal y afirmado con más fuerza en la Confirmación. La mitad del mundo ─el femenino─ no tenía un sacerdocio que con una psicología similar y propia pudiera calar hondo en cada corazón de mujer. El hombre tenía el sacerdocio ministerial y de él recibía dirección profunda en su espíritu. ¿Por qué las mujeres no podían consagrarse llevando a "estado de vida el sacerdocio de los fieles" e interesarse ─con la debida preparación─ en la dirección del espíritu de esa mitad del mundo que es el mundo femenino? (…) 

La familia conocía la labor de la madre silenciosa pero expresada claramente en los hijos y en el esposo porque "Dios vio que era bueno que el hombre tuviera una compañera semejante a él", compañera  para el curso de su vida terrena en cada paso y en su dirección a la vida eterna. "Una ayuda semejante a él" para conformar una familia, tener hijos, educarlos, trabajar la naturaleza, aportar en la vida social, y, sobre todo, ─decía el Padre─ "para ir al cielo".

Pero todo el mundo es casa de Dios y todo el mundo debe tener una madre que observe, que esté en acecho de sus necesidades y así complementar la labor del varón con inteligencia y corazón de mujer.

La luz que la revelación y la teología brinda a las "realidades terrenas" y cuanto la "teología de lo social" y la gracia dan al mundo podía ser desarrollado con eficacia por un intelecto femenino con racionalidad e intuición y por la voluntad encarnada de la mujer que resuelve con facilidad verdad y bien, autoridad y libertad y en la unidad tan propia de su psicoética ordenada por la norma y la gracia permite el equilibrio que el momento del mundo requiere para su orden y su consecuente paz. 

He allí dos grandes líneas para la investigación y la acción femeninas cuya exigencia requiere preparación personal y sensibilidad humana. Sin ellas no será posible avanzar en la "visión cristiana del mundo" que requiere la pedagogía cristiana, tanto para quien enseña como para quien trabaja en otros quehaceres de la sociedad y principalmente para quien en el seno de un hogar no sólo colabora con Dios para dar la vida humana sino que se ocupa de su inmediata secuencia: la educación.

Ya iban apareciendo en la mitad de este siglo las semillas de las zarzas y espinas que harían morir muchas plantas jóvenes nacidas en buena tierra. Ya se estaba reduciendo la persona a pura materialidad y la vida interior ─con su realidad psicológica y moral unida a la gracia─  a puro proceso de autodecisión que en definitiva movía el medio social, ya nos recordaba el Padre que "el que no vive como piensa ─según sus principios y valores─ termina pensando como vive". El psicologismo y el sociologismo le preocupaban como reemplazantes de la vida espiritual total, de la interioridad cristiana cuyo objeto es ser un himno de alabanza a la gloria de Dios y una respuesta a la adopción divina que nos trajo Jesucristo.

Y colocándonos a la Virgen como analogado principal de nuestra vocación y misión, y ubicándonos en la eclesiología como en la cristología, nos permitió abrazar una vocación y una misión cuyo objeto es el servicio a Jesucristo Maestro y Sacerdote, camino, verdad y vida y el servicio a su Cuerpo Místico: la Iglesia.

Y así donde la Iglesia llama y para lo que llama, la Servidora tendrá que brindar su servicio de instrumento inteligente y libre, capaz de secundar la labor eclesial y de sondear el mejor modo de ese servicio y de ofrecer los que eventualmente se vayan presentando.

De ese modo el apostolado familiar, educativo, social, de la salud, el jurídico, de la vida  y de la mujer, de enseñanza, investigación u orientación económica, política o cultural tendrán mentes, voluntad, sensibilidad y corazón femeninos al servicio de la Iglesia. 

Así cada mujer podrá tener una madre del espíritu que colaborará ─como lo hacen y lo hicieron tantas mujeres en la historia de la Iglesia─ en su camino interior en la tierra como paso hacia la eternidad. Y el mundo podrá ir siendo cada vez más "casa de Dios" porque la Virgen Madre de la Iglesia podrá extender su misión en espacios y tiempos diversos, con instrumentos siempre más aptos para que la mujer cada vez más convierta su interior en una liturgia que en su expresión exterior muestre y dé la vida divina capaz de ser vivida en la tierra con el gozo anticipado de la eternidad.