Pensamientos del Padre Etcheverry 
Semana Santa

 

Crucifixión y muerte

 

“Ahora se va a ver la gesta más dolorosa, sí, pero más grandiosa de toda la historia de los hombres y de todas las creaturas. Ahora va a comenzar definitivamente, la gloria que Dios merece y que fue el fin último de toda la creación, no sólo de los hombres, sino también de los ángeles, y de todas las creaturas inferiores, no sólo de nuestro mundo, sino de todo el cosmos, con todos sus sistemas de planetas, de estrellas, de galaxias, de millones de cuerpos, de mundos, más allá de cualquier captación nuestra y de cualquier imaginación humana. Ahora va a empezar el momento más glorioso de toda la historia fuera de Dios.” Octubre, 1970

 

“Miremos la humildad de Jesucristo. Esta obediencia, este desprendimiento de todas las cosas, esta mortificación para reparar por nuestro orgullo, por nuestra insubordinación, por nuestra sensualidad, por nuestro espíritu de riqueza, por nuestro deseo de gobierno, de mando; esa va a ser la regla de Jesucristo toda su vida hasta la muerte en la Cruz. Allí Jesús pierde toda forma humana como había predicho Isaías al hablar del Siervo de Yahvé; pensemos en los azotes, los escupitajos, la corona de espinas, las bofetadas, los clavos y la sangre que habían hecho de Él una piltrafa, un gusano dice la Escritura; y, además, el poder que pudo tener en un momento, incluso de hacer milagros, ahora parecía totalmente suprimido, no sólo porque no podía bajar de la Cruz, según lo desafiaba los que pasaban enfrente, sino porque incluso tenía atadas, clavadas las manos y clavados los pies, y no podía moverse, ni satisfacer su sed, ni parar su sangre, ni evitar la muerte que se le venía encima.” Octubre, 1964

 

“La honra que en algún momento pudo tener, por ejemplo cuando entró el domingo de Ramos a Jerusalén, había totalmente desaparecido, había sido condenado por los cuatro tribunales existentes en Jerusalén: el tribunal religioso -el Sumo Sacerdote y el Sanedrín- por el delito más alto, por  blasfemia, porque se ha hecho Dios; el tribunal político, el de Pilatos, por pretender hacerse rey, es decir, por el delito más alto contra el Imperio; el tribunal popular, el del pueblo que grita ‘queremos a Barrabás’ y crucifica a Jesucristo, por seductor, por malhechor y por el tribunal aristocrático de Herodes, la gente culta, la gente bien, lo condena a Jesucristo por loco, por tonto, lo visten con una túnica de loco, se mofan de Él, se ríen, y así lo condenan con su desprecio. ¿Dónde estaba la honra de Jesucristo?” Octubre, 1964

 

“Jesús muere en la Cruz diciendo unas palabras maravillosas, dejándonos como Madre a la Virgen y cuidando de su Madre;  pidiéndole al Padre que perdone a todos los hombres que lo están matando porque no saben lo que hacen, pidiéndole al Padre que perdone al buen ladrón y prometiéndole el premio eterno porque se ha arrepentido; mostrando todo lo que sufre en un momento en el cual dice: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, porque aunque en la parte más alta de su alma veía a Dios sin embargo adentro estaba sufriendo ese horrible dolor que significa sentirse pecador, alejado de Dios y culpable de todos los pecados y Jesucristo que quiere decir también " tengo sed"; y en el último momento, y cuando todo lo ha cumplido dice: "Todo está cumplido, lo que mi Padre me había mandado"; entonces termina diciendo: "En tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu".” Octubre, 1970

 

“La Pasión junto con la maravillosa conducta del Señor, simultáneamente, nos va presentando a su alrededor un panorama de pequeñez y de mezquindad, con la excepción de la Santísima Virgen, de las buenas mujeres que la acompañan, del Cireneo, de San Juan y del Buen Ladrón. Lo demás es pequeño, cuando no sórdido, y, lo que es peor, nos retrata mucho.

Por eso, si tenemos un poco de nobleza y sentido de vergüenza y de responsabilidad, ante más de una aflojada o endurecimiento que encontramos en aquellos que están frente a la Pasión, debemos sentirnos tocados. Y ese acusar el golpe tiene que provocar en nosotros un deseo de cambio radical.” Viernes Santo, 1965

 

“Nuestras faltas conocidas y valoradas debidamente no nos van a quitar la paz, no nos deben quitar la paz. En cambio podemos y debemos arrepentirnos de ellas, sentir compunción, es decir humilde vergüenza de ellas, y ampararnos en la misericordia infinita de Dios. La misma Pasión nos va a mostrar hasta qué punto nos ama el Padre Eterno que para salvarnos hace morir a su Hijo; y nos va a mostrar hasta qué punto nos ama Jesucristo que está dispuesto a hacernos perdonar por su Padre y a morir por nosotros del modo más doloroso e ignominioso que pueda darse.” Mayo, 1968

 

“Frente a Jesucristo en la Cruz valoremos cuánto nos quiere Jesucristo que ha sido capaz de morir por mí y de un modo tan cruento, tan doloroso para su psicología, para su espíritu, para su corazón, para su cuerpo, para su inteligencia, para su voluntad. Cuánto me ha amado que ha sido capaz de morir por mí.

Y la Pasión de Jesús y su muerte tiene que hablarnos como le hablaba a los santos: ‘Si Jesús hizo esto por mí, por mi amor, ¿qué tengo que hacer yo por Él?’ ¿Puede Jesús ser infinitamente bueno, generoso, noble, sacrifi­cado por mi amor y yo puedo ser indiferente, frío, indelicado, tacaño, despreocupado de conocerlo, de quererlo y de querer con mi vida hacer lo que Él quiere que haga para la gloria de su Padre y para mi propia felicidad?

Si nosotros en este momento, frente a la Pasión de Jesucristo sacamos estas tres cosas: una gran convicción de que tenemos que quererlo mucho a Jesucristo y para eso conocerlo mucho y recibirlo mucho, una gran convicción de que tenemos que odiar como la peor peste el pecado y una gran convicción y una gran necesidad de ser generosos con Jesucristo y preguntarle a Él qué quiere que hagamos con nuestra vida, qué quiere que hagamos con cada uno de los momentos de nuestra vida, si sacamos esas tres cosas habremos obtenidos frutos formidables de esta Semana Santa.

Porque lo que importa en este mundo es alejarse de lo que aleja, de lo que está lejos de Dios; acercarse mucho a lo que está junto a Dios, a Jesucristo y querer en la vida andar de tal manera que, precisamente unidos con Jesucristo, marchemos por la tierra haciendo lo que Dios quiere, camino de la felicidad sin fin, del cielo.” Octubre, 1970