Pensamientos del Padre Etcheverry 
Semana Santa

 

Getsemaní

 

“Jesucristo sale del Cenáculo, de esa sala donde comió la Última Cena y va a un huerto donde solía rezar. Jesucristo se pasaba el día hablándole a los hombres de Dios y buena parte de la noche hablando a Dios de los hombres.

Va con los apóstoles y cuando llega le dice al grupo: "quédense aquí" y toma a los tres predilectos, Santiago, Juan y Pedro, y los hace quedar más cerca de Él, a unos treinta metros, más o menos.

A Jesucristo en el Evangelio siempre lo vemos sereno, tranquilo, muy varón. Solamente una vez los discípulos lo vieron realmente enojado y fue cuando entró en el Templo y estaban ahí haciendo un comercio descarado y probablemente también estaban robando…  Y la Última Cena es una despedida de los discípulos lindísima, llena de afecto, les llama “hijitos míos”, les dice “sois mis amigos porque les he contado todas las cosas más íntimas mías”, Él sabe que va a morir, sabe que allí está el traidor y lo quiere llamar al arrepentimiento, y todo eso lo hace con una extraordinaria serenidad, magníficamente bien, con una extraordinaria valentía.

Y sin embargo ahora que está en el Huerto los apóstoles, asombrados, lo ven que se pone de rodillas, se cae de bruces, se cae de cabeza sobre esta tierra, sobre la piedra, y empieza a decir con voz muy fuerte: "Padre, si es posible pase de mí este cáliz, este dolor, pero no se haga mi voluntad sino la tuya". Y lo que es peor, lo ven a Jesucristo que empieza a tener un gran miedo y un enorme tedio, un aburrimiento tremendo, y una tristeza insondable.

Jesucristo, el valiente de siempre ahora tiene un miedo espantoso. Jesucristo, el sereno y el alegre de siempre, ahora tiene un tedio, un aburrimiento espantoso. Jesucristo siempre alegre, ahora tiene una tristeza mortal.

¿Por qué?

Porque comienza ahora su Pasión. ¿Y qué pasa? Ahora Jesucristo, en nombre de todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares, va a reparar por el pecado de todos, desde el primer hombre Adán hasta el último hombre que esté en la tierra cuando llegue el fin del mundo; y Él los tiene perfectamente presentes, delante, y entiende perfectamente lo horrible que es un solo pecado.

¿Y qué más? Peor todavía, Jesucristo hace suyos los pecados de todos los hombres y los considera y los siente como propios, tiene dolor por mis pecados, los de cada uno de nosotros y los de todos los criminales que han existido y van a existir hasta el final, todos los pecados los siente como propios y siente un dolor inmenso, como si Él mismo los hubiera cometido.

Así se presenta delante de Dios para pedirle perdón por los pecados de todos los hombres.

Y Jesucristo es como hombre la persona más exquisita y delicada que jamás haya existido. La conciencia de Jesucristo era finísima, de una sensibilidad extraordinaria. Jesucristo sabía qué grave es un pecado y lo sentía en su conciencia como propio, con una fuerza punzante, increíblemente fuerte, se duele de ellos como propios y tiene vergüenza de todos ellos delante de Dios, su Padre.

Entonces sí que entendemos cómo Jesucristo pudo tener en ese momento un miedo espantoso, un dolor profundísimo, una tristeza y un tedio como jamás ningún hombre en la tierra pudo tener. Entonces entendemos cómo Jesucristo pudo decirle a Dios: "Padre, si fuera posible no seguir con este asunto, Padre, concédemelo pero no se haga mi voluntad sino la tuya".

Jesucristo repite esa oración una vez y otra vez y hace el supremo acto de voluntad, se vence y acepta  cargar sobre su conciencia con todos nuestros pecados, hacerse responsable de ellos, sentir dolor de todos ellos, mirarlo al Padre Eterno con la vergüenza que nosotros teníamos que tener por esos pecados y pedir perdón... Y al hacer ese esfuerzo, es tan fuerte lo que tiene que vencerse que empieza a sudar gotas de sangre.

Ya con esto tenemos bastante para comprender lo que tiene que ser el pecado para que Jesucristo, por otra parte, tenemos que entender cuánto nos quiere Jesucristo para haber aceptado cumplir ese papel en nuestro reemplazo.” Octubre, 1970

 

 

Lo toman prisionero

“Los soldados lo toman preso. “¿Soy acaso un ladrón, para que salgan a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y ustedes no me detuvieron.”

Lo toman como a un ladrón, como a un malhechor.

Las manos omnipotentes que tantos milagros habían hecho, son atadas y se entregan en aparente impotencia.

Y la firmeza de Jesucristo, Dios, que sostiene en ese momento al mundo entero…: como hombre, tiembla y a empujones lo hacen caminar; y el Señor camina, o cae en tierra, y le pegan y lo insultan.

 

Pasión física.

Pasión moral. Como un ladrón.

Pasión  moral porque todos los discípulos se escapan y lo dejan solo.

Pasión moral porque lo están empujando aquellos que tienen prueba de su divinidad, que son testigos de tanto bien que ha derramado entre sus conciudadanos, incluso en ese momento al curar a uno de ellos…” Viernes Santo, 1965.