Pensamientos del Padre Etcheverry 
Semana Santa

 

Pascua

 

“Recordemos el maravilloso misterio que hoy celebramos. Jesucristo nuestro Señor con su poder de Dios vence al pecado y vence a la muerte y para todos nosotros renace, lo mismo que para Jesucristo, la vida.

 

Este es un día de vida. La resurrección de Jesucristo nos trae la certeza de su victoria sobre el pecado, sobre el pecado de Adán y sobre todos nuestros pecados, y la certeza de que podemos contar con la vida de la gracia para nuestra alma, con la vida de la fe para nuestra inteligencia, con la alegría segura de la espe­ranza para nuestra voluntad, con la vida del calor, del amor, de la caridad para nuestros corazones.

Podemos contar con esa vida imperfecta aquí abajo y con esa misma vida alcanzando su esplendor en la vida eterna. Con una gracia esplendorosa que nos haga del todo semejantes a Dios; con una vida para la inteligencia que reemplace los claroscuros de la luz de la fe por la luminosidad total de la luz de la gloria; con una vida que reemplace la inseguridad o la seguridad sí, aunque no plena, de la esperanza por la posesión absolutamente segura y definitiva y gozosa que es la beatitud; vida que reemplace el amor tibio y poco fuerte de aquí abajo por un amor también de plenitud allá en el cielo para siempre…

Por lo tanto, es ante todo un domingo de vida.

 

Y es un día de fe. Porque nuestra fe no tendría el argumento más fundamental y el único definitivo si Jesucristo no hubiera resucitado. Con su resurrección Jesucristo confirma su divinidad y confirma la verdad absoluta de todo su mensaje, de ese mensaje que alimenta nuestra fe.

 

Y es un día de esperanza. Porque si Jesucristo no hubiera resucitado no tendríamos de ninguna manera ni la certeza de su fortaleza de Dios capaz de sostenernos en todas nuestras dificultades, ni tendríamos tampoco el convencimiento de su fidelidad a su promesa. Esperanza al expresarse la plenitud del poder de Dios y la plenitud de fidelidad en favor de su promesa.

Con la resurrección de Jesucristo nuestra esperanza tiene su fundamento más sólido y definitivo.

 

Es el día del amor. Porque Jesucristo resucitado se nos pone adelante cargado con el enorme mérito de haber muerto por nosotros, con el enorme mérito que significa que Dios, infinitamente perfecto e infinitamente feliz e infinitamente vivo, se reduce al dolor y a la muerte temporal por nosotros. Al resucitar pone en evidencia que no fue muerto a su pesar sino porque lo quiso, como hombre y como Dios, y su amor lo hizo acreedor a todo nuestro amor, a toda nuestra reciprocidad, reciprocidad cálida y agradecida y admirada.

 

Este es un día, finalmente, de petición.

De petición por nosotros, para que esa vida de Jesucristo traiga la vida de la gracia para nuestra alma, la vida de la fe para nuestra inteligencia, la vida de la esperanza para nuestra voluntad, la vida del amor para nuestro corazón y alcance en nosotros la plenitud que Él quiso desde toda la eternidad.

De petición para que en todas las almas sacerdotales esa vida de Jesucristo se convierta en una fuente desbordante de expansión de esa misma vida por doquier y para que a las almas consagradas a Dios en todo el mundo les permita alcanzar esa perfección que han profesado.

De petición para que los cristianos alcancen el fervor, alcancen esa vida nueva en su plenitud y para que los que viven alejados realmente resuciten a esa vida.

Y de petición para que los que no conocen a Jesucristo, lleguen al puerto donde está esa vida.

De petición por toda la Iglesia, depositaria de esta vida que Jesucristo adquirió, para que esa vida llegue a todos los lugares y por el Papa. De petición por la Iglesia argentina.

De petición por nuestras obras y de petición por todas las intenciones personales y familiares.

 

Pero sobre todo hoy es un día de alegría. Alegría por Jesucristo. Porque Él resucitó. Porque Él triunfó. Porque Él alcanzó su máximo triunfo como Dios y como hombre. Y todo lo que sea triunfo de Jesucristo a nosotros tiene que alegrarnos más que otra cosa. ¡Cuánto más el triunfo máximo de Él!

Alegría porque es la alegría de la Virgen. Porque ella que participó de los dolores y de la muerte se alegra al participar del triunfo de la resurrección a título perso­nal. El triunfo y la alegría de Jesucristo es lo que más podía llenar de gozo el cora­zón de la Virgen.

Alegría porque hoy se alegran en el cielo todas las almas y todos los espíritus que gozan de la amistad eterna de Dios.

Alegría porque tenemos razón para nuestra vida espiritual, para nuestra fe, para nuestra esperanza, para nuestra caridad, para nuestra vida en la tierra, para nuestra vida eterna.

Alegría porque ese bien es para nosotros, para todos aquellos a quienes queremos y para toda la Iglesia.

Alegría porque el día que hoy conmemoramos trae al mundo el máximo bien que se da al mundo y que jamás se pudo soñar, no para que dure unos cuantos años sino para que asegure a los hombres el gozo y la felicidad por toda la eternidad.” Marzo, 1967